Fundación Barrié,
diseño expositivo .
Resumen del proyecto
Diseñar el recorrido de una exposición es diseñar una experiencia.
Marco visual del proyecto
Una exposición no es una colección de obras colgadas.
Una exposición es un recorrido: el visitante entra por un punto, se mueve por un espacio físico con restricciones reales — columnas, alturas de pared, accesos, salidas de emergencia — y tiene que salir habiendo entendido algo. Las obras no se leen en cualquier orden ni a cualquier distancia. El espacio condiciona la lectura igual que un layout condiciona la lectura de una página.
En el caso de Parkinson, la exposición estaba organizada cronológicamente por décadas — desde los años 30 hasta los 80 — y el espacio disponible era la planta -2 de la Fundación Barrié: un rectángulo con paredes perimetrales de distintas alturas y divisiones interiores.
La pregunta era la misma que en cualquier producto digital: ¿cómo guío al usuario por un flujo complejo de la forma más natural posible?
Plano, ritmo, señalética, folleto.
El trabajo empezaba por el plano. Cada pared tenía un identificador (A–N) y unas dimensiones fijas. Sobre esa retícula física distribuí las 80 obras agrupándolas por período, alternando formatos grandes y pequeños para crear ritmo visual y controlando la densidad por zona: las primeras paredes más holgadas para que el visitante entre con calma, las centrales más densas donde ya hay inercia de recorrido, las finales de nuevo con aire.
Los vinilos de texto — títulos de sección, citas, créditos — se colocaban como señales de navegación. No son decoración: marcan transiciones entre décadas y orientan al visitante que levanta la vista de las fotografías.


El folleto cumplía una función doble: guía de mano durante la visita y pieza editorial que sobrevive a la exposición. Lo diseñé bilingüe (castellano y gallego) con las reproducciones clave de cada período y los textos del comisario.
Las piezas de comunicación se derivaban del mismo sistema visual del folleto, manteniendo coherencia de marca con la identidad de Fundación Barrié.



Diseñar el espacio donde alguien va a ver por primera vez una fotografía de Audrey Hepburn hecha en 1955 tiene una responsabilidad y una satisfacción que no se parecen a nada.
Decisiones.
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Recorrido cronológico lineal, no temático.
La obra de Parkinson se entiende como evolución: los años 30 experimentales, los 40 y 50 con Vogue, los 60 vibrantes con The Queen y los Beatles, los 70–80 con Town & Country. Romper esa línea por temas habría perdido la narrativa de una carrera de 56 años.
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Densidad variable como herramienta de ritmo.
Las paredes A–C (años 30) con menos obras y más aire. Las paredes D–H (40s–60s) más densas, donde el visitante ya tiene velocidad de crucero. Las paredes I–N más respiradas para cerrar. El mismo principio que aplicar más espacio en blanco al inicio de una landing.
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Alturas de colgado calculadas por pared.
Las paredes perimetrales altas permitían colocar piezas grandes con campo visual generoso. Las divisiones interiores bajas obligaban a formatos menores o a composiciones en grupo. Cada pared tenía su propia lógica dentro del espacio.
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Folleto bilingüe como pieza autónoma.
No es un catálogo: no reproduce las 80 obras ni pretende sustituir la visita. Selecciona las piezas que representan cada período y funciona como objeto editorial independiente.
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Sistema visual compartido entre soportes.
Folleto, vinilos de sala, piezas de comunicación: todo sale de la misma paleta tipográfica y cromática. La exposición se lee igual dentro y fuera de las paredes.
Valor personal.
De los encargos para Fundación Barrié, el diseño de exposiciones fue el más complejo a nivel de diseño. Además de la exposición de Norman Parkinson también diseñé otras tres: Miró, Chagall y Trazos Maestros (dibujos de artistas holandeses y flamencos entre los siglos XVI y XIX).
Estos cuatro trabajos compartieron algo que no se encuentra en todos los proyectos: trabajar para la difusión de la cultura. Diseñar el espacio donde alguien va a ver por primera vez una fotografía de Audrey Hepburn hecha en 1955, o un dibujo de Chagall, o una pieza de Rembrandt, tiene una responsabilidad y una satisfacción que no se parecen a nada.